Las lluvias extremas y los huaycos o deslizamientos arrasan pueblos enteros e infraestructura; los incendios forestales se expanden año tras año impulsados por la deforestación y las prolongadas sequías; y estas últimas destruyen las cosechas y ponen en riesgo la seguridad alimentaria. Mientras tanto, los glaciares retroceden reduciendo el agua disponible para millones de personas en el país. Todo esto ya no es teoría ni pronóstico lejano: lo vemos en las noticias, en las redes sociales y en la vida diaria de comunidades enteras. Las evidencias del cambio climático son cada vez más claras sobre el territorio peruano. Esto es real.
Sin embargo, estamos mirando hacia otro lado. La prioridad climática tiene otra agenda empresarial: autos eléctricos en la flota corporativa, campañas de reciclaje en las oficinas, paneles solares, créditos de carbono, reportes pintados de verde sin objetivos ni metas, entre otras iniciativas de moda. ¿Son decisiones positivas?, sí, pero claramente insuficientes. ¿Por qué? Porque se concentran en mitigación de emisiones de gases de efecto invernadero.
La realidad es incómoda: el Perú aporta menos del 0.4% de las emisiones globales de CO₂, pero es uno de los países más vulnerables al cambio climático. Entonces, el dilema no es si debemos contribuir a la meta global Net Zero, sino si podremos resistir y sobrevivir a los impactos que ya son inevitables. Esa debería ser nuestra prioridad. Pero en lugar de poner la adaptación al cambio climático en el centro, seguimos atrapados en la mitigación de emisiones de carbono, mientras los territorios permanecen expuestos y las comunidades desprotegidas.
Aquí surge la pregunta: ¿cómo debe el sector privado responsable abordar la adaptación al cambio climático? ¿Por convicción, fomentando innovación y sostenibilidad? ¿O por regulación, garantizando cumplimiento y responsabilidad? La respuesta es ambas. ¿Y si se tuviera que elegir solo una? Que sea por convicción, porque ahí está el valor y la ventaja competitiva.
Adaptar un negocio por convicción es una estrategia inteligente y rentable. Por ejemplo, Backus recuperó “amunas” (canales construidos con piedra y arcilla para capturar agua pluvial y permitir su almacenamiento) en Huarochirí, mitigando el estrés hídrico y garantizando el abastecimiento de agua en tiempos de sequía. Por otro lado, Lima Expresa reforzó los taludes del río Rímac para proteger la infraestructura vial que opera bajo contrato de concesión en Lima Metropolitana. No lo hizo por obligación, sino para garantizar la continuidad operativa, por ello era vital para sus activos en concesión. Por su parte, Danper en agroindustria y Antamina en minería también apostaron por medidas de adaptación que hoy les permiten operar con más resiliencia, acceder a financiamiento y consolidarse como referentes.
Pero la regulación es igual de necesaria. Sin reglas claras, muchas empresas se quedan en el terreno del greenwashing. La Ley Marco sobre Cambio Climático y su reglamento ya obligan a integrar la adaptación en proyectos de inversión pública y privada, y el Plan Nacional de Adaptación ha definido medidas concretas por sectores.
No adaptarse será cada vez más costoso: legal, reputacional y financieramente. Puede significar sanciones, rechazo de licencias, pérdida de acceso a financiamiento climático o exclusión de bonos verdes. Por eso, es urgente exigir indicadores de adaptación en los reportes ESG, incentivar inversiones resilientes con beneficios fiscales y establecer estándares técnicos mínimos para la infraestructura en zonas de alto riesgo.
La conclusión es sencilla pero contundente: adaptarse no es un gesto ambiental ni una moda corporativa, es una decisión empresarial. Si el sector privado quiere sobrevivir, crecer y liderar en un país altamente vulnerable como el Perú, debe invertir en adaptación tanto por convicción estratégica como por cumplimiento regulatorio. Porque el clima ya cambió y quien no se adapta aquí, pierde.
Si queremos sobrevivir en el Perú, debemos invertir donde más importa. La mitigación es necesaria, sí, pero la adaptación es ineludible.