En enero del 2025 un artículo de The Economist planteaba una tesis algo controversial para los países desarrollados: los mayores de 55 años se estaban convirtiendo en la nueva “generación problemática”. Y no por fragilidad, sino por persistencia.
El envejecimiento empezaba a no ser tratado como una historia de éxito: alcohol, drogas, conductas sexuales de riesgo, conflictividad social e incluso violencia política no están desapareciendo con la edad sino que se están desplazando hacia la etapa de jubilación.
Entonces, si ese diagnóstico ya resulta inquietante en aquellas economías con sistemas de bienestar robustos, América Latina ya debería encender todas las alarmas. ¿Por qué? Según la CEPAL, América Latina será la región del mundo que envejezca más rápido entre 2020 y 2050. Y este proceso ocurre en un contexto muy distinto al de los países desarrollados: sistemas de salud fragmentados, pensiones insuficientes, alta informalidad laboral, y una cobertura casi inexistente de salud mental en la vejez.
«La CEPAL estima que América Latina será la región del mundo que envejezca más rápido entre 2020 y 2050»
Países desarrollados: el problema no es la longevidad, sino la forma en que se vive
El envejecimiento global está dejando de ser una historia lineal de progreso. Vivir más no significa necesariamente vivir mejor, ni vivir de la misma manera. A medida que la población mundial envejece, emergen dos realidades muy distintas para los mayores de 55 años, separadas menos por la edad que por el contexto institucional, económico y social en el que transcurre la vejez.
«En Europa Occidental, Estados Unidos, Japón y Australia, los mayores de 55 años llegan a la jubilación con condiciones materiales significativamente mejores que generaciones anteriores»
El artículo de The Economist (“Why people over the age of 55 are the new problem generation?”) muestra que en Europa Occidental, Estados Unidos, Japón y Australia, los mayores de 55 años llegan a la jubilación con condiciones materiales significativamente mejores que generaciones anteriores. En el Reino Unido, por ejemplo, el 75% de las personas mayores de 65 años es propietaria de su vivienda, frente a poco más del 50% a inicios de los años noventa, según la misma fuente.
Ese bienestar permite una vejez larga, activa y socialmente integrada. Pero también amortigua comportamientos de riesgo que antes se asociaban a la juventud. El artículo documenta que en Estados Unidos, según Gallup, el consumo de alcohol entre personas mayores de 55 años aumentó de 49% a 59% entre 2003 y 2023, mientras que en el grupo de 18 a 34 años cayó de 72% a 62%.
«En Estados Unidos, según Gallup, el consumo de alcohol entre personas mayores de 55 años aumentó de 49% a 59% entre 2003 y 2023»
Es más, según The Economist, la prevalencia de gonorrea entre estadounidenses de 55 años o más se multiplicó por más de seis desde el 2010, reflejando un aumento de prácticas sexuales sin protección. Por otro lado, en Inglaterra y Gales, más de un tercio de las muertes por abuso de drogas en el 2022 correspondieron a personas mayores de 50 años, frente a solo 13% dos décadas antes.
Estos datos no describen una vejez empobrecida, sino una vejez con recursos, tiempo libre y persistencia de hábitos de riesgo.
América Latina: envejecimiento acelerado sobre bases frágiles
El punto de partida latinoamericano es radicalmente distinto. Según un estudio de la CEPAL sobre envejecimiento y personas mayores, en América Latina y el Caribe la población de 60 años y más pasará de alrededor de 13% en el 2020 a más de 25% en el 2050, duplicándose en solo tres décadas.
Por su parte, en marzo del 2025, el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), estimó cifras similares al promedio latinoamericano: el Perú tenía más de 4 millones de adultos mayores de 60 años, representando el 14% de la población total. INEI estimó, además, que en el 2050 uno de cada cuatro peruanos será una persona adulta mayor de 60 años, lo que representaría el 24% de la población total frente al 18% de los menores de 15 años.
«El INEI estima en el 2050 el 24% de la población total representará a los adultos mayores de 60 años»
Este proceso ocurre en un contexto de sistemas pensionarios incompletos: la CEPAL estima que más del 50% de las personas mayores en América Latina no recibe una pensión contributiva, y que el monto de las pensiones existentes suele ser insuficiente para cubrir las necesidades básicas.
En salud, la situación es similar. El gasto público en salud en la región se mantiene, en promedio, por debajo del 4% del PBI, muy lejos de los niveles de los países OCDE. El acceso a salud mental para adultos mayores es particularmente limitado, a pesar de que la CEPAL y la OPS advierten un aumento de depresión, ansiedad y soledad en la vejez.
Para la mayoría de los mayores de 55 años en América Latina, la jubilación no representa libertad, sino una transición hacia mayor incertidumbre económica y sanitaria.
El matiz necesario: América Latina no es una sola vejez
Sería un error, sin embargo, asumir que esta precariedad es universal. América Latina alberga también un segmento minoritario pero influyente de mayores de 55 años con ingresos altos, pensiones privadas, rentas financieras y acceso a sistemas de salud privados.
En grandes ciudades y destinos turísticos de la región, estos adultos mayores viven una jubilación muy similar a la descrita por The Economist: consumo intensivo, ocio, viajes y, en algunos casos, reproducción de conductas de riesgo asociadas al alcohol, fiestas y relaciones de corto plazo.
Es decir, coexisten dos vejeces: una mayoritaria, marcada por la fragilidad económica y social; y otra minoritaria, integrada al consumo global y con comportamientos comparables a los de los países desarrollados. Ambas forman parte del mismo problema estructural; vale decir, la falta de gobernanza del envejecimiento real.
«En América Latina coexisten dos vejeces: una mayoritaria, marcada por la fragilidad económica y social; y otra minoritaria, integrada al consumo global y con comportamientos comparables a los de los países desarrollados»
Un riesgo común con impactos distintos
Mientras en los países desarrollados, el riesgo emerge del costo acumulado de excesos sostenidos en una población longeva, que presiona sistemas de salud y seguros, en América Latina, el riesgo es doble.
Entonces, para la mayoría de los latinoamericanos: pobreza, deterioro de la salud y dependencia temprana; y para una minoría con recursos, comportamientos de riesgo en entornos con menor regulación y menor capacidad institucional.
Desde una perspectiva ESG, esto se traduce en: riesgos sociales, por exclusión, enfermedad y soledad; riesgos de gobernanza, por políticas públicas diseñadas sobre una vejez idealizada; y riesgos financieros, por presión creciente sobre salud, pensiones y seguros.
En la actualidad, ni la vejez acomodada de los países desarrollados ni la vejez precaria de América Latina encajan en los modelos con los que aún operan las empresas, las aseguradoras y los gobiernos nacionales. Y dentro de América Latina, ignorar la coexistencia de privilegio y vulnerabilidad realmente conduce a diagnósticos incompletos.