Ya muy cerca del cierre de la COP30, el día de hoy nos recibe con muchas incertidumbres todavía. En Belém, el día de ayer jueves 20, al iniciar la tarde, un incendio sin afectaciones a las personas, en el área de los pabellones, amenazaba con retrasar las negociaciones que continuaron hasta tempranas horas de esta mañana.
Los gestores están experimentando las tensiones propias de los últimos días —recuerdo las múltiples veces que he estado en ese lugar, me preguntaba siempre “y si no tenemos texto, ¿qué va a pasar si se pospone al siguiente año?, y me abordaba el desánimo, mientras las múltiples noches sin dormir, empezaban a cobrar factura, en mi cansado cuerpo y mente agotada—, pues bien, hoy los equipos de negociadores se encuentran en esa misma situación.
Mientras los efectos del calentamiento global se intensifican y la comunidad internacional sigue dividida sobre elementos esenciales de los que depende nuestro futuro como humanidad, una verdad sale a la vista y resuena en los pasillos. Si bien se lograron acuerdos en áreas técnicas, el destino de la ambición climática pende de tres pilares en disputa: el abandono de los combustibles fósiles, la adopción de indicadores de adaptación y la garantía de una “transición justa” con equidad de género.
Una región que dice “inaceptable”
La voluntad política todavía está estancada, con borradores de texto repletos de corchetes, y un futuro incierto para temas cruciales como la Meta Global de adaptación (GGA, por sus siglas en inglés) y el Programa de Trabajo para una Transición Justa (JTWP). Tal como lo había comentado en el artículo anterior de esta Edición Especial de Sustenia, uno de los objetivos principales de esta COP es adoptar el conjunto de indicadores para el GGA. Este asunto se ha convertido uno de los puntos de mayor fricción.
América Latina en conjunto ha calificado de inaceptable cualquier posibilidad de cerrar esta COP sin adoptar estos indicadores y sin la disposición adecuada de financiamiento para este objetivo.
La complejidad del GGA se debe a lo difícil que es establecer indicadores específicos y medibles a nivel mundial. A diferencia de la mitigación (que se mide en toneladas de CO2eq emitidas y reducidas), la adaptación es específica para cada contexto, y su progreso puede evaluarse por una combinación de indicadores de proceso (como la implementación de políticas, planes y capacidad institucional) y de resultado (que evalúa si los objetivos de adaptación se lograron).
Esta complejidad se incrementa porque los esfuerzos buscan establecer un marco de indicadores que aborde áreas temáticas que podrían ser desagregadas en categorías como sociales, peligros climáticos, características geográficas, ecosistemas, niveles administrativos, tipos de medidas de adaptación y sectores temáticos clave. Estos últimos podrían incluir indicadores para los sistemas alimentarios y la propia seguridad alimentaria, infraestructura, erradicación de la pobreza, entre otros.
Durante sus intervenciones, los representantes de los países latinoamericanos recordaron que la región enfrenta sequías históricas, pérdida acelerada de glaciares, incendios forestales, retroceso de la Amazonía y crisis alimentarias vinculadas a fenómenos extremos, y rechazaron cualquier posibilidad de posponer el debate hasta el 2027, como plantea el Grupo Africano. Lo cierto es que la Meta Global de Adaptación debe —resalto debe, porque en el contexto de negociaciones, esta palabra significa un criterio mandatorio— contar con métricas que permitan evaluar avances reales en reducción de la vulnerabilidad.
Sin indicadores, no hay capacidad de rastrear si las inversiones climáticas están realmente logrando los objetivos que dicen buscar.
Por otro lado, el Diálogo de Alto Nivel sobre adaptación confirmó que la financiación global para la adaptación disminuyó del 2022 al 2023. Además, persistió la divergencia sobre si es necesario un nuevo compromiso para triplicar la financiación para adaptación para el 2030.
Esta tensión sobre los indicadores y el financiamiento también se expandió en el debate sobre la transferencia de fondos de US$ 26.8 millones del Fondo Fiduciario del Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL), en donde no se le logró ningún consenso. Mientras algunos representantes preferían transferir la totalidad del monto al mecanismo de mercado del Artículo 6.4 —que podría estar indirectamente relacionado con proyectos de mitigación—, otro grupo aboga por una asignación específica para el Fondo de Adaptación, subrayando la necesidad apremiante de recursos para la resiliencia en los países en desarrollo.
Otro retroceso alarmante
Otro punto que está igualmente lleno de polarización es el Plan de Género y Cambio Climático. Varios países abogan por revertir lenguaje previamente acordado, sobre todo relacionado con los derechos humanos, así como restringir a una definición binaria de “género”,buscando insertar diversas notas al pie.Este hecho podría debilitar la integridad de la terminología y las obligaciones de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).
Esta situación se agrava aún más dado que el financiamiento es también parte ausente en este punto de agenda. Sin recursos claros, el plan tampoco podrá ser implementado, lo cual significa un franco retroceso. Aquí quiero recordar, querido lector de Sustenia, que el Plan de Género y Cambio Climático es una herencia del Perú para el multilateralismo. Fue en la COP de Lima en donde se impulsó este plan como una verdadera columna vertebral de una respuesta global justa y efectiva. Y fue algo que también me tocó defender el año pasado en Bakú, Azerbaiyán, donde también tuve que enfrentarme a estos intentos de retroceso.
Mientras las negociaciones de fondo luchan por resolverse, la hoja de ruta del proceso climático ya tiene un nuevo destino: Turquía fue confirmada como la sede de la COP31 en el 2026, que se celebrará en Antalya.
Al cierre de esta edición, se liberaron las nuevas propuestas de textos en todos los temas; esperamos que reflejen el balance requerido y no retrasen más los puntos críticos como dejar atrás los combustibles fósiles, poner fin a sus subsidios y sentar las bases para la descarbonización, acordar los indicadores de la Meta Global de Adaptación y apostar por una transición justa que incluya menciones al rol de los minerales críticos; sin estos elementos no habrá una acción climática efectiva.
Es momento de exigir coherencia y decisiones vinculantes que protejan a las personas y los ecosistemas, el desafío es transformar la retórica de la descarbonización y la justicia en acciones y recursos tangibles.
