La primera vuelta de las elecciones ha expuesto con claridad la distancia entre el discurso político dominante y las verdaderas prioridades de la ciudadanía. Con el país encaminándose hacia la segunda vuelta, el desafío ya no es solo quién logre consolidar una mayoría, sino quién será capaz de construir una legitimidad sostenible en un contexto de fragmentación y desconfianza.
Un análisis reciente de Burson evidencia una fractura crítica: la distancia entre las narrativas que dominan la agenda electoral y aquellas que realmente conectan con las preocupaciones ciudadanas. Hoy, mensajes como la “mano dura” en seguridad o las respuestas punitivas frente a la corrupción concentran visibilidad, pero muestran una limitada capacidad de generar confianza. En contraste, propuestas estructurales —como la articulación de la seguridad con inversión social o las reformas institucionales— tienen mayor potencial de impacto, pese a su menor presencia en el discurso.
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«El desafío ya no es solo quién logre consolidar una mayoría, sino quién será capaz de construir una legitimidad sostenible en un contexto de fragmentación y desconfianza»
Esta disonancia revela un problema de fondo: no es la ausencia de propuestas, sino la incapacidad de la oferta política para alinearse con aquello que la ciudadanía percibe como creíble y efectivo.
La brecha se amplía en temas que configuran un “malestar debajo de la estabilidad”. La inflación, el costo de vida, el empleo y la desigualdad no solo explican el hartazgo social, sino también la desconexión entre los indicadores macroeconómicos y la experiencia cotidiana. A ello se suma el rol de sectores como salud y educación, que operan como termómetros de la capacidad del Estado. Cuando estos frentes no responden, la percepción de abandono se profundiza y erosiona la confianza institucional.
«La inflación, el costo de vida, el empleo y la desigualdad no solo explican el hartazgo social, sino también la desconexión entre los indicadores macroeconómicos y la experiencia cotidiana»
En este contexto, la ausencia de liderazgos capaces de articular respuestas creíbles frente a estas demandas no es un problema coyuntural, sino estructural. De no cerrarse esta brecha, el país podría enfrentar un deterioro incremental de la gobernabilidad, especialmente desde el ámbito legislativo, donde la fragmentación puede traducirse en decisiones de alto costo para la estabilidad.
Las implicancias trascienden la política. Para el entorno empresarial, este escenario supone mayores costos operativos asociados a la inseguridad y la conflictividad social; una creciente presión regulatoria en un contexto de debilitamiento institucional y una mayor exposición a riesgos reputacionales. A esto se le incrementa la posibilidad de medidas de corto plazo que afectan la previsibilidad del entorno.
«El país podría enfrentar un deterioro incremental de la gobernabilidad, especialmente desde el ámbito legislativo»
En este escenario, leer el contexto únicamente desde variables tradicionales resulta insuficiente. Comprender la dinámica de la conversación pública y anticipar los puntos de quiebre institucional se vuelve crítico para la toma de decisiones; principalmente porque estamos en un proceso hacia la segunda vuelta, en la cual la legitimidad no se definirá en las urnas, ya que se construye —o se pierde— en la capacidad de responder, con credibilidad, a las demandas reales de la ciudadanía.
