El próximo 11 de junio a las 14:00 (hora de CDMX) arranca la Copa Mundial de la FIFA 2026 con el partido que disputarán en el Estadio Ciudad de México las selecciones de ese país y de Sudáfrica.
Sin embargo, en esta nueva versión del Mundial de fútbol masculino -la primera en contar con 48 equipos y tres países anfitriones de Norteamérica- al expandir el formato de 32 a 48 selecciones nacionales, la FIFA ignora la crisis climática, lo cual provocará que los torneos de 2026, 2030 y 2034 sean los más contaminantes de la historia.
Más grandes, más rentables y más contaminantes
El informe FIFA’s Climate Blind Spot: The World Cup in a Warming World, elaborado por The New Weather Institute, desglosa esta problemática con una claridad técnica ineludible.
El nuevo formato incrementará significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), impulsadas principalmente por la dependencia crítica del transporte aéreo para movilizarse y la construcción de estadios. Además, The New Weather Institute denuncia que los patrocinios de empresas petroleras como Aramco inducen una huella de carbono mucho mayor que el evento mismo.
«Los torneos mundiales de futbol de 2026, 2030 y 2034 serán los más contaminantes de la historia»
Las estimaciones son alarmantes. Las emisiones derivadas exclusivamente de los vuelos podrían escalar entre un 160% y 325% en comparación con ediciones anteriores. Bajo esta nueva arquitectura, el total de emisiones del Mundial 2026 alcanzaría al menos los 9 millones de toneladas de CO₂ equivalente (tCO₂e). Esta cifra es casi el doble del promedio de 4.7 millones de tCO₂e registrado entre los torneos de 2010 y 2022, lo que pone en tela de juicio la alineación de la FIFA con los Science Based Targets (SBTi) y el Acuerdo de París.
El problema de fondo no reside solo en el número de equipos, sino en el modelo de negocio que sustenta la organización. El plan estratégico 2023-2027 de la FIFA proyecta ingresos por US$ 11,000 millones, basándose en la multiplicación de partidos, sedes y competiciones. El torneo ahora en 2026 pasará de 64 a 104 partidos, un incremento del 63% en la actividad operativa, lo que incrementa exponencialmente el volumen de viajes de equipos, oficiales y millones de aficionados. Solo el transporte aéreo en 2026 podría generar 7.72 millones de tCO₂e, convirtiéndose en el principal vector de impacto climático.
«Para la FIFA, el cambio climático aparece como narrativa, pero no como restricción operativa»

Las mascotas de la Copa Mundial 2026. Si fueran reales, serían víctimas de la mayor contaminación que generará el torneo (Foto: FIFA).
Una arquitectura de emisiones diseñada desde el crecimiento comercial
El problema no radica únicamente en el formato del torneo, sino en el modelo estratégico que lo sustenta. El plan 2023-2027 de la FIFA apuesta explícitamente por expandir competiciones, audiencias e ingresos, con una meta de US$ 11,000 millones en el ciclo. En paralelo, promueve más torneos globales y un calendario internacional más denso. En términos climáticos, esto genera un efecto ineludible: más actividad económica equivale a mayores emisiones de Alcance 3.
La FIFA reconoce que “el cambio climático es uno de los mayores desafíos actuales”. Sin embargo, esta narrativa convive con decisiones que van en sentido opuesto: expansión geográfica y dependencia estructural del transporte aéreo.
El resultado es una contradicción estratégica: el clima aparece como un eje comunicacional, pero no como una restricción operativa real en el core business.
Dependencia del avión: el talón de Aquiles climático
El Mundial 2026, con sede compartida entre Estados Unidos, México y Canadá, consolida un patrón de alto impacto debido a su inmensa dispersión geográfica. A diferencia de modelos compactos, la logística de 2026 obliga a las selecciones nacionales y a los aficionados a recorrer distancias continentales. Dada la inexistencia de redes ferroviarias integradas de alta velocidad en la región norteamericana, la dependencia del avión se vuelve absoluta. Ese es el “alcance 3” que la FIFA no puede mitigar.
«El Mundial 2026, con sede compartida entre Estados Unidos, México y Canadá, consolida un patrón de alto impacto debido a su inmensa dispersión geográfica»
Según datos del Carbon Trust, el transporte puede representar hasta el 70% de la huella total de los grandes eventos deportivos. En este contexto, expandir el torneo sin un rediseño radical de la movilidad equivale a programar un desastre climático por diseño.
Este desafío es análogo al que enfrentan las industrias extractivas y de consumo en el Perú al gestionar sus emisiones de Alcance 3: la mayor parte del impacto ocurre fuera del control directo, pero es consecuencia directa del diseño del servicio. En ese sentido, Bloomberg estima que para este Mundial 2026, llegar a los estadios será caro, lento y caótico. “Desde trenes de hasta US$ 150 hasta helicópteros de US$ 30,000, el acceso a los partidos se convierte en un reto logístico y financiero”, señaló en un análisis de abril pasado.
Infraestructura: el peso del cemento
Más allá de los viajes, el impacto se extiende a la infraestructura y el turismo masivo. La modernización de los estadios e instalaciones deportivas implica un volumen masivo de emisiones embebidas asociadas al uso intensivo de cemento y acero. El Programa Forward de la FIFA ha inyectado miles de millones en infraestructura global, pero sin una taxonomía verde estricta —similar a la que el Ministerio del Ambiente (MINAM) promueve para el sistema financiero peruano—, estas inversiones bloquean altos niveles de carbono por décadas.
A esto se suma el impacto de la era digital. El consumo energético derivado de las transmisiones en alta definición, el uso de centros de datos y la infraestructura de telecomunicaciones necesaria para una audiencia global, añade una capa de impacto ambiental que rara vez se contabiliza con rigor en los reportes de sostenibilidad de la organización.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA (Foto: Marca).
«El Programa Forward de la FIFA ha inyectado miles de millones en infraestructura global, pero sin una taxonomía verde estricta»
De la autorregulación al riesgo sistémico de greenwashing
Actualmente la gobernanza climática del fútbol mundial está bajo un escrutinio sin precedentes. Para los expertos en ESG, este vacío regulatorio facilita prácticas que rozan el greenwashing, donde se compensan emisiones mediante bonos de carbono de dudosa calidad en lugar de reducirlas en la fuente.
Siendo especialmente crítico con el modelo de compromisos voluntarios, The New Weather Institute hace una serie de recomendaciones a la FIFA para una transformación real, que incluyen:
- Adoptar el Protocolo de GEI con auditorías externas obligatorias.
- Implementar transparencia de datos en tiempo real sobre la huella logística.
- Establecer sanciones económicas severas (hasta US$ 50 millones) por el incumplimiento de metas de reducción.
- Desvincular el financiamiento de patrocinadores vinculados a combustibles fósiles o aviación sin planes de transición.
El dilema ético: ¿es posible un fútbol sostenible?
La FIFA se encuentra ante una encrucijada política y económica. Por un lado, la presión de maximizar el valor comercial del fútbol como producto global; por el otro, la urgencia científica dictada por el IPCC, que exige reducir las emisiones globales en 45% hacia 2030 para evitar los peores efectos del calentamiento global.
«¿Está la FIFA dispuesta a dejar de crecer para lograr la descarbonización real?»
El fútbol, en su formato actual de expansión ilimitada, se mueve en sentido contrario a la supervivencia climática. El riesgo para la FIFA no es solo ambiental, sino de licencia social para operar. En un mundo donde la regulación climática es cada vez más estricta, la pregunta fundamental que deben hacerse Gianni Infantino —presidente de la FIFA—, las juntas directivas y los directores de sostenibilidad no es si pueden compensar su huella, sino si están dispuestos a dejar de crecer para lograr la descarbonización real.
¿Sabías que?
La FIFA ha realizado numerosas declaraciones audaces y ambiciosas sobre sostenibilidad y acción climática. Sin embargo, aún no se han materializado acciones concretas.
Lanzada en la COP26 de 2021, The New Weather Institute señala que la estrategia climática de la FIFA se comprometió a reducir sus emisiones de GEI (gases de efecto invernadero) en 50% para 2030 y alcanzar la neutralidad de carbono para 2040, mediante 18 acciones específicas.
No obstante, un análisis más detallado revela que solo han completado dos (2) acciones, dos (2) han avanzado de forma limitada y 14 no han mostrado ningún progreso visible, lo que representa un índice de cumplimiento de 11% en tres años. Además, los objetivos de GEI de la FIFA no abarcan los torneos que coordina. Este fracaso no puede deberse a la falta de recursos. La FIFA cuenta con un presupuesto de US$ 11,000 millones para el periodo 2023-2026. En cambio, refleja profundas deficiencias en la gobernanza y la rendición de cuentas, así como una participación inconsistente y ad hoc en asuntos relacionados con la sostenibilidad.
A pesar de prometer actualizaciones periódicas, la FIFA de Infantino no publica informes climáticos semestrales, ni hace seguimiento de la sostenibilidad del Mundial 2022 ni de la estrategia de sostenibilidad del Mundial 2026. Esta falta de transparencia debilita la confianza y se aleja considerablemente de los compromisos climáticos de la ONU, como el Marco de Acción Climática Deportiva.
En general, la FIFA ejemplifica una crisis más amplia en la gobernanza climática de los mega eventos deportivos, donde los incentivos y las exigencias empujan a los organismos rectores y organizadores hacia altas emisiones, baja ambición y escasa rendición de cuentas.