El Edelman Trust Barometer Perú 2026 estima que el nivel de confianza en las empresas está mejorando: era 51% en 2025 y ahora es 57%. No es desconfianza, pero tampoco es respaldo sólido.
La confianza hoy se define en la intersección entre desempeño, impacto y coherencia. Y en ese terreno, cada decisión cuenta.
Porque hoy la confianza en el Perú es una licencia para operar bajo evaluación constante.
Confianza suficiente para operar, no para liderar
El dato mejora respecto de la medición del año anterior pero el entorno lo relativiza: el índice general de confianza del país es de 45%, estando aún en zona de desconfianza.
Es más, el dato es mucho más positivo que el de una estimación previa realizada por Ipsos en 2023 a partir de un metaanálisis de más de 600 evaluaciones de reputación llevadas a cabo para diferentes empresas entre 2019 y 2022.
Carlos Ponce, director de Corporate Reputation de Ipsos Perú, señala que, mediante un análisis de la pirámide reputacional, podemos ver que entre el público general “solo 1 de cada 5 peruanos tendría una opinión favorable y confiaría en las empresas consistentemente”.
La inevitable comparación: el Estado no compite
Las empresas destacan, sí, pero en un sistema institucional debilitado. Y eso cambia todo.
«Las empresas no necesariamente generan más confianza por mérito propio, sino porque el resto del sistema dejó de ser creíble»
El Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), en su documento Perú: Percepción Ciudadana sobre Gobernabilidad, Democracia y Confianza en las Instituciones: Julio-Diciembre 2025, estima que la confianza en las instituciones públicas es críticamente baja y sigue cayendo: lideran el descrédito tanto el Congreso de la República -que cae de 4.5% en 2024 a 3.5%- como los partidos políticos -que caen de 3.2% en 2024 a 2.6%- y no se quedan atrás la Procuraduría Anticorrupción, Contraloría General de la República Ministerio Público – Fiscalía de la Nación y los Gobiernos Regionales, cuyos niveles de confianza no tiene más de un dígito.
Este vacío explica parte del fenómeno: las empresas no necesariamente generan más confianza por mérito propio, sino porque el resto del sistema dejó de ser creíble.
Pero ese “liderazgo por descarte” tiene fecha de vencimiento.
Casos que explican la fragilidad
La confianza en las empresas en el Perú no se construye en abstracto. Se define en episodios concretos:
- Credicorp vio afectada su reputación ante las revelaciones hechas por Dionisio Romero Paoletti en 2019 por haber entregado US$ 3.65 millones a la campaña presidencial de Keiko Fujimori (Fuerza Popular) en 2011, en forma ilícita.
- Los permanentes conflictos sociales relacionados a las mineras que operan en el corredor minero del sur como Las Bambas (operada por MMG Limited) y Hudbay Perú reflejan una confianza fragmentada territorialmente: indicadores globales positivos conviven con el rechazo local.
- El derrame de petróleo de Repsol en Ventanilla (2022), que afectó más de 11,000 hectáreas según el Ministerio del Ambiente, evidenció cómo una crisis ambiental puede destruir legitimidad en horas.
- Una caída de los sistemas de Interbank (2024), que duró varios días, dejó a los clientes sin acceso a sus cuentas y a la plataforma de pagos Plin. Este caso puso en evidencia las vulnerabilidades en seguridad digital del sistema financiero (ciberataques y extorsión) y generó incertidumbre.
- El colapso del techo del patio de comidas del Real Plaza Trujillo (2025), operado por Intercorp, que dejó un saldo de seis fallecidos y más de un centenar de heridos, evidenció que la confianza también se erosiona por fallas operativas, no solo por corrupción.
- La distribución de un suero fisiológico defectuoso, que fue fabricado por el laboratorio Medifarma (2025), no solo causó la muerte de varios pacientes en clínicas del país sino que expuso las graves deficiencias en el control de calidad y la gestión de riesgos, además de una nula sensibilidad hacia los consumidores.
- Petroperú es el “símbolo de la crisis permanente”. Solo en 2025 acumuló ocho episodios críticos, combinando una profunda crisis financiera, problemas de gobernanza, conflictos sindicales y derrames de petróleo en zonas como Lobitos y Talara, lo que la convierte en un “drenaje” constante de recursos públicos.
Pero también hay evidencia en el otro sentido:
- Backus ha fortalecido su posicionamiento a través de programas de sostenibilidad (agua, economía circular), alineados con estándares internacionales.
- El Banco de Crédito del Perú mantiene niveles de confianza relativamente altos, aunque bajo escrutinio permanente por costos y acceso.
Estos casos explican mejor que cualquier encuesta por qué la confianza empresarial es volátil: se construye lentamente… y se pierde muy rápido.
El verdadero activo: la confianza cercana
Hay un dato clave: la confianza en “mi empleador” -en la encuesta de Edelman- alcanza el 76%, muy por encima del promedio empresarial. Esto revela una lógica simple: en el Perú, la confianza no es institucional, es experiencial.
Las personas confían en lo que impacta directamente su vida —empleo, ingresos, beneficios— y no en discursos corporativos.
«En el Perú, la confianza no es institucional, es experiencial»
El techo de cristal: desigualdad
El problema no es el promedio, es la brecha. La encuesta de Edelman revela que entre personas de mayores ingresos, las empresas son vistas como competentes y éticas, mientras que en los sectores de menores ingresos, ninguna institución alcanza niveles mínimos de credibilidad.
De esta manera, la brecha de confianza llega a 21 puntos. Esto significa que la confianza empresarial en el Perú no es universal sino selectiva.
Confianza: el activo más inestable
Las empresas en el Perú no enfrentan una crisis total de confianza. Enfrentan algo más exigente: una confianza bajo contrato.
«Las empresas tienen amplia ventaja frente a otras instituciones, pero esa ventaja es frágil y está constantemente auditada por la realidad» Los casos lo dejan claro: no basta con comunicar bien, hacer publicidad ni con cumplir la ley»