El resultado de la votación del 12 de abril no fue contra una persona, fue una expresión contra un ecosistema completo de expectativas fakes: promesas huecas que autoridades, empresas y el Estado nacional ofrecen sin intención o capacidad de cumplirlas.
Para entender esto mejor, imagine un padre de familia que recibe un salario suficiente para educar a sus hijos, mantener una casa decente y alimentar bien a la familia. Pero lo que hace es gastar ese dinero en lo que ve bonito en el momento: compras innecesarias, gastos sin propósito, inversiones que no rinden. La casa sigue siendo pobre. Los hijos reciben una educación de calidad mediocre. Y entonces, en lugar de reconocer que malgastó su dinero, culpa a su empleador (“no me paga lo suficiente”, “el jefe es injusto y por eso mi familia sufre”.
«Es mucho más fácil y políticamente rentable culpar a la minería que asumir la gestión fallida de los propios recursos»
Eso es exactamente lo que ocurre en la sierra minera peruana. Hay algo más: dirigentes locales que se benefician de este victimismo. Es mucho más fácil y políticamente rentable culpar a la minería que asumir la gestión fallida de los propios recursos. Algunos gobernadores, alcaldes y líderes de opinión amplifican el discurso antiminería no porque quieran resolver la pobreza de sus territorios, sino porque el victimismo les mantiene en el poder. Mientras el poblador esté enojado con Lima y la minería, no pregunta por qué su alcalde gastó el canon en contratar amigos sin formación, en viajes o en obras incompletas. Es mucho más fácil marchar contra la empresa que rendir cuentas sobre el uso de millones de soles.
«Es mucho más fácil marchar contra la empresa que rendir cuentas sobre el uso de millones de soles»
En los últimos cinco años, las regiones mineras del país recibieron cerca de S/ 30,000 millones en canon minero. Áncash recibió S/ 6,000 millones, Arequipa S/ 4,900 millones, Moquegua S/ 3,950 millones y Tacna S/ 2,800 millones. Ese dinero fue transferido directamente a gobiernos regionales y locales. No fue ejecutado por autoridades de Lima. Fue dinero que cada región controló, administró e invirtió según sus propias decisiones.
«En los últimos cinco años las regiones mineras del país recibieron cerca de S/ 30,000 millones en canon minero»
La promesa de desarrollo era fake desde el inicio. No porque alguien mintiera intencionalmente, sino porque nadie había diseñado los mecanismos reales para convertir dinero en bienestar territorial duradero.
Un gobernador regional con S/ 6,000 millones en canon y sin capacidad de gestión es exactamente como el padre que recibe un buen salario sin saber qué hacer con él. Tiene los recursos pero no sabe invertir. Contrata amigos para puestos clave, inaugura obras incompletas, gasta en lo visible y olvida lo sostenible. Y cuando la pobreza persiste después de treinta años culpa a Lima. Se culpa a un enemigo distante cuando el dinero estuvo siempre en sus manos.
Las promesas desde las autoridades nacionales fueron igualmente falsas. Una región no puede planificar desarrollo cuando el Estado central cambia de ministros cada seis meses, redefine prioridades cada 18 meses y no garantiza presupuesto estable ni reglas permanentes. No puede haber desarrollo nacional cuando no hay estabilidad institucional.
«Un gobernador regional con S/ 6,000 millones en canon y sin capacidad de gestión es exactamente como el padre que recibe un buen salario sin saber qué hacer con él»
Esto hace que todo explote electoralmente. El poblador andino ve el patrón. Ve oro extraído de su montaña. Ve dinero en canon que llega a su gobernador. Ve treinta años pasar. Y sigue siendo pobre.
Lo que lo enoja no es la minería per se. Es que alguien está simulando resolver su pobreza sin hacerlo realmente. Es el ecosistema completo de expectativas fakes. Todos prometiendo, nadie entregando. Todos culpando a otro, nadie asumiendo responsabilidad.
Hay un contraste revelador en el Perú. En la costa agroexportadora hay trabajadores migrantes, muchos venidos de la sierra, que trabajan 12 horas diarias ganando sueldos bajos compensados con horas extras o bonos. Viven en habitaciones compartidas, en condiciones precarias. Pero no protestan contra su fuente de trabajo, la agroexportación. ¿Por qué? Porque comparan su presente con su pasado. En su pueblo no tenían empleo o ganaban muy poco y las mujeres no existían para el mundo laboral formal. El migrante negocia su pobreza como mejora relativa.
«Una autoridad local que dijera con claridad voy a recibir canon y lo usaré en estos proyectos específicos, con estos resultados medibles, sería más confiable que todas las promesas genéricas que escucha el poblador andino»
El poblador en su territorio minero hace una comparación diferente. Ve oro extraído de su montaña. Espera que eso se traduzca en su bienestar. Cuando no ocurre después de treinta años, negocia su pobreza como injusticia relativa. Y tiene razón en estar enojado, pero equivoca el destino de su enojo.
Aquí está lo paradójico: una autoridad local que dijera con claridad “voy a recibir canon y lo usaré en estos proyectos específicos, con estos resultados medibles” sería más confiable que todas las promesas genéricas que escucha. Casi ningún gobernador lo dice.
Todos dicen lo que el poblador quiere escuchar: losas deportivas, bonos de subsidio, infraestructuras ociosas. Sin explicar cómo. Eso es marketing fake.
La pregunta real no es cómo invertir mejor en minería. Es cómo romper el ecosistema de expectativas fakes. Eso requiere autoridades competentes que asuman que el dinero que reciben es responsabilidad suya, no de Lima. Requiere un Estado nacional estable que deje de cambiar las reglas cada ocho meses.
«Romper el ecosistema de expectativas fakes requiere autoridades competentes que asuman que el dinero que reciben es responsabilidad suya, no de Lima»
Mientras eso no ocurra, cada ciclo electoral en las regiones mineras será un voto de castigo. Pero ese castigo irá dirigido al lugar equivocado: a Lima, cuando debería dirigirse a quien realmente controla el dinero y no sabe qué hacer con él.
