“Ojalá pronto transformemos la Lima insostenible de hoy en la ciudad que todos nos merecemos”

Mariana Alegre. Fundadora y Directora Ejecutiva en Sistema Urbano.

Fecha de publicación: septiembre 8, 2025

Tiempo de lectura: 10 minutos

Mariana Alegre, fundadora y Directora Ejecutiva de Sistema Urbano, sostiene que Lima no puede considerarse hoy una ciudad sostenible: es caótica en transporte, desigual en servicios públicos, insegura en sus calles, desordenada en planificación y permeada por la corrupción. Sin embargo, en diálogo con Sustenia desde Cambridge, Massachusetts, afirma que la transformación es posible si se asume la gestión urbana como una política de Estado, se fortalecen los servicios públicos como ecualizadores de inequidades y se promueve una visión de ciudad inclusiva, segura y justa para todos los ciudadanos.

La movilidad urbana en Lima es caótica e insegura. ¿Cómo hacer una Lima sostenible con un transporte público plagado de informalidad, mafias y corrupción y donde los micros y las combis informales lo dominan todo?

Efectivamente, el transporte y la movilidad en Lima son caóticos, inseguros, complejos. Entonces, siendo un problema de tal magnitud requiera a su vez una solución también compleja y sistémica que debe partir desde el reconocimiento de que necesitamos una política de Estado que atienda no solamente a la capital sino también al resto de ciudades del Perú y que debe priorizar a la movilidad no solo como una forma de transportarnos sino también de mejorar la prosperidad de las personas y la productividad del país.

Y esto implica articular políticas e instituciones distintas —no solamente al Ministerio de Transportes y a la Municipalidad Metropolitana de Lima— para que todos estén articulados y se puedan concretar grandes transformaciones, incluyendo la reforma del transporte, la lucha contra la corrupción, la mejora de la Policía Nacional, etc.

El 94% de los limeños se siente inseguro en calles, parques y plazas. La inseguridad ciudadana convirtió estos espacios públicos en territorios de miedo. ¿Cómo hacemos para la gente se siente segura caminando o disfrutando de espacios públicos en Lima?

La inseguridad ciudadana es enorme. Sin embargo, separemos la sensación de inseguridad y la tasa de criminalidad. Hace muchos años, había un divorcio entre el miedo que sentía la gente y la cantidad de hechos delictivos que ocurrían en la calle. Ahora la tasa de delitos puede ser mayor pero nunca igualará al miedo; siempre el miedo es mayor.

Sin embargo, a pesar de que a algunas personas le puede parecer contraintuitivo, los espacios públicos son más seguros en cuanto más gente haya en ellos, o en cuanto más actividad tengan. A ello se refiere el concepto “Ojos en la Calle” (Eyes on the Street), acuñado por la urbanista canadiense Jane Jacobs, famosa porque evitó la construcción de una autopista que iba a destruir el icónico Washington Square Park en Manhattan.

Entonces mientras existan más “ojos en la calle”, es decir, más gente, más tiendas o locales comerciales abiertos, más actividades en la calle, espacios e infraestructura para niños, logramos orgánicamente un control del uso social del espacio público. Y ello, promueve la seguridad ciudadana y el bienestar porque la gente se siente segura en la ciudad, en términos generales.

Cada distrito de Lima improvisa su propio sistema de recolección y reciclaje, sin coordinación ni escala metropolitana. ¿No es la gestión de la basura el mejor ejemplo de por qué Lima vive en el desorden y lejos de la sostenibilidad real?

Sí. La gestión de la basura es un buen ejemplo de la diversidad de problemas que tenemos. Y, la verdad, no necesariamente todos los distritos tienen que estar unificados porque el territorio es inmenso. Sin embargo, existen las “mancomunidades” y, a través de éstas, se podría gestionar justamente, de manera integrada, zonalmente, por ejemplo, la basura.

Hoy tenemos un modelo que, además, aspira a tener una cobertura 100% desde una perspectiva de recojo domiciliario diario. O sea, los que vivimos en distritos más consolidados, tenemos recojo de basura todos los días a una hora determinada, 7 de la mañana, 8 de la noche. Dependiendo de la ruta, los camiones pasan a recoger la basura en la puerta de tu casa; es decir, es el servicio más caro de todos.

En otros países, la gestión de la basura recae en la responsabilidad de cada persona. Tú acumulas tus residuos, tu basura en unos tachos y, una vez a la semana, por ejemplo, como aquí en Boston donde vivo ahora, recogen la basura. Y tú eres el responsable de hacer tu compost, de reciclar, de botar los residuos regulares u otros.

El acceso al transporte, áreas verdes, servicios de salud y educación depende del distrito donde se vive. ¿Qué tan sincero es hablar de una ciudad sostenible cuando tu código postal define tu derecho a la calidad de vida?

Aquí lo que tenemos es ese concepto de la “lotería del nacimiento”, o sea, uno nace en una familia determinada sin que tú lo decidas, naces donde te toca, y al mismo tiempo naces en un distrito específico, y obviamente con ciertas condiciones de naturaleza socioeconómica, de la familia y todo eso te impacta. Es decir, tu destino se puede determinar a partir de dónde te tocó nacer.

La gestión urbana puede servir como un ecualizador de lo inevitable porque, lamentablemente, existen desigualdades enormes. Entonces, son los espacios públicos, el transporte público, la calidad educativa en las escuelas públicas, etcétera, los que deberían ayudar a disminuir esa inequidad que existe y que es inmanente al sistema en el que vivimos.

De esta forma, cuando una autoridad no reconoce el poder de sus servicios públicos a nivel urbano para equilibrar las cosas, pierde un enorme potencial. Y debería generar la posibilidad de focalizar recursos para las personas más necesitadas: o sea, utilizar los espacios públicos, en general, y la oferta de servicios que tiene el Gobierno Nacional para dirigirla y llevarla a las poblaciones: aprovechar la calle para generar prosperidad.

El crecimiento de Lima ha sido desordenado, con urbanizaciones que avanzan sin servicios ni planificación. ¿No deberíamos admitir que, más que una ciudad sostenible, Lima es hoy un caso de urbanización improvisada? ¿Podemos cambiar?

Sí. Tenemos una ciudad que ha crecido sin un entendimiento de la planificación y que despreció dicho concepto. La ciudad no tiene un plan, y si lo tuvo, nunca se actualizó. Luego, todos los esfuerzos que se hicieron fueron nulos y se mezclaron con intereses políticos, que siempre es un problema.

Pero hay otros procesos que toca identificar con más atención, por ejemplo, entender cuáles son los tipos de oferta de vivienda social que existen. Porque lo que se hace es bien básico, entonces, eso bien básico no satisface las necesidades de la gente y claro el valor del suelo es alto. Entonces, ahí tienes más y más problemas. ¿Cómo resolvemos eso? Sería la pregunta mágica. Así, lograr una ciudad ordenada, en este momento, con las mafias que existen, con todo el modelo montado, es efectivamente, difícil, pero no imposible.

En una ciudad donde el acoso callejero es pan de cada día y la infraestructura no protege a las mujeres, ¿qué políticas deberían ser prioridad para garantizar que Lima sea una ciudad segura y digna también para ellas?

El acoso está enraizado en una cultura machista. Eso es bien difícil de cambiar. Esa es una lucha que nos toca dar y que implica también una mezcla de gestión pública, cambio cultural, que tiene que promoverse a través de la educación pública.

Sin embargo, hay capacidades para hacer cambios. Por ejemplo, la Municipalidad de Miraflores logró la disminución del acoso sexual callejero con campañas de sensibilización y capacitación con los obreros de construcción, y estableciendo sanciones para quienes cometan faltas graves contra las mujeres en los espacios públicos. Antes, cuando caminábamos y pasábamos por una obra de construcción en Miraflores, sentíamos miedo; ahora ya no.

El Metropolitano es otro espacio donde también se ha mejorado enormemente la capacidad de respuesta para atender a la víctima del acoso. Debe mejorar. Y lo mismo pasa con las políticas para las personas con discapacidades. A veces existen, pero no necesariamente se activan.

¿Cómo puede avanzar Lima hacia la sostenibilidad si la corrupción en los gobiernos locales y regionales socava cada proyecto urbano, desviando recursos que deberían estar destinados a transporte público, áreas verdes y gestión de residuos?

La corrupción, efectivamente, es un problema. Lo que corresponde en la actualidad es aprovechar las nuevas tecnologías y las herramientas digitales para controlar y gestionar los procesos administrativos con mucha mayor transparencia, de manera tal que se tenga un seguimiento de los movimientos que puedan estar ocurriendo, en general.

Bastante de eso se está avanzando, en términos de información pública relacionada a los procesos de compras y adquisiciones, pero, obviamente, no es suficiente. Porque, al igual que en el caso del transporte público, que por su alta complejidad debe ser atendido desde una política de Estado, con la corrupción y la transparencia sucede lo mismo.

Hay avances o, al menos, intenciones, pero lamentablemente también tenemos autoridades que validan los actos de corrupción. Todo esto es complejo, un problema “maligno”, como diría yo.

El Perú mantiene un compromiso para lograr que sus ciudades y AA.HH. sean sostenibles en el marco de la Agenda 2030. Si Lima es caótica en transporte, insegura en las calles, desigual en servicios, desordenada en planificación, machista en sus espacios y corroída por la corrupción, ¿no es un exceso soñar con llamarla “ciudad sostenible”? ¿Estamos ante una utopía o un simple eslogan político?

Lima no es una ciudad sostenible. Claro, es maravilloso tener la aspiración de poder ser una ciudad sostenible, una ciudad segura, una ciudad amable, una ciudad que nos acoja. Pero, en términos generales, Lima no es así.

Ahora, si partimos de buscar una transformación social, urbano-social, si quieres, eso implicaría cambiar la narrativa de cómo nos vemos los habitantes de la ciudad con respecto a nosotros mismos y con respecto a la ciudad en sí misma; entonces, eso implicaría un poder de convocatoria importante. Por ejemplo, un alcalde de la ciudad, de Lima Metropolitana, que asuma su rol y que entienda las limitaciones que tiene en términos de presupuesto y competencias, etc., y que asuma el poder que se le otorga como figura, con relación a la capacidad de convocar, la posibilidad de guiar y transformar lo que soñamos para la ciudad. Eso sí podría generar un verdadero cambio. Sin embargo, alcaldes de ese tipo no nos han tocado hace mucho, mucho tiempo.

Ojalá pronto transformemos la Lima insostenible en la ciudad que todos nos merecemos.