Ilustración: Open AI

Otra vez la encuesta sobre corrupción

Así como ya nos hemos acostumbrado a las cifras de la Contraloría, también nos estamos alineando a las encuestas sobre corrupción. Un año más, hablando y comentando lo mismo.

Eduardo Herrera

Eduardo Herrera

Director de la Defensoría Nacional Anticorrupción

Fecha de publicación: diciembre 18, 2025

Tiempo de lectura: 4 minutos

La corrupción, me temo, está algo “sobrediagnosticada”. Decir que ya la hemos “normalizado”, que siempre nos fijamos en el del costado y no en nuestra propia corrupción o que muchas de nuestras instituciones están tomadas por este problema, es algo también trillado. Falta acción.

Para esto debo de empezar haciendo una sutil diferencia respecto a los dos tipos de corrupción que veo en nuestra vida cotidiana. Una que llamaré corrupción extorsiva y la otra, la más profesional. La extorsiva es la que se dirige contra un ciudadano que no la busca, por ejemplo, un empresario que es obligado a pagar para que no le cierren el negocio con un pretexto que, todos sabemos, está puramente dirigido a apretar o joder. Es muy difícil pedirle a alguien así un acto de suprema beatitud y decirle: “no aceptes, denuncia y que te cierren no más”. Ojo no justifico, solo comprendo. Pero esta corrupción es diferente a la del circuito profesional como, por ejemplo, la del abogado que no es extorsionado, sino que ya hizo de la coima un modus vivendi. Sin coima no hay juicio que se gane.

Buscando una solución, pienso que sería más fácil recoger del árbol las manzanas que están más cerca de caer al suelo. Es decir, meternos con la corrupción profesional podría tener más impacto mediático, pero el ciudadano común la verá como algo cinematográfico, como algo lejano. En ese contexto, por ejemplo, si el coimero de moda es detenido con reflectores de programa dominical, pues el morbo durará tres días y ya (nos olvidamos hasta el siguiente). En cambio, si limpiamos un sector como el de las municipalidades, por ejemplo, entonces la gente podrá ver un cambio real. Aquí no hay grandes recetas. No hay mucho espacio para la creatividad. Lo único que se requiere es decisión y ahí me gustaría ver a todos aquellos que piden “mano dura”. Espero no sean actores de balcón, nada más.  

La fórmula es simple. Operativos. Denuncia. Actividad privada que fuerce al Estado a hacer lo que tiene que hacer. Esto es una formula que, además, se repite constantemente en nuestro país. No hay Estado y eso es fabuloso en cierta medida. El Perú es un país liberal, casi anárquico que funciona en muchos casos sin la intervención de esa mano que, así como ayuda a los más necesitados (o debería al menos), también chorea y oprime.

“Pero es que denunciar no sirve para nada” podrán decirme los “pinchaglobos” y, claro, tienen cierta razón. Lo que propongo se trata de una fórmula que casi se asemeja al grupo de “Los intocables” (sí, el de la película) solo que financiado y promovido desde el lado privado que empuje frontalmente a que las cosas sucedan. Lo demás precisa de un nivel de detalle que no explicaré en este artículo. 

El punto recurrente —la barrera— que impide que esto tenga realidad, tiene que ver con aquello que constantemente le reclamamos a los políticos y a nosotros nos cuesta también; me refiero a la famosa voluntad (voluntad política) que, en este caso concreto, se expresa de las dos siguientes maneras:

  1. Hay mucha tacañería en principio. El pensamiento mezquino de sostener la famosa paradoja del polizón mediante una interrogante que es la que dificulta mucho de nuestro desarrollo como país: ¿por qué tendría que hacerlo yo para que otros se beneficien? Causa, lo tienes que hacer tú porque nadie más lo va a hacer y si te beneficia a ti es el primer insumo de partida (así existan otros beneficiados que no “la pongan”).
  • Hay temor por las represalias. Entonces hay que escoger entre morir de pie o vivir de rodillas, que es lo que sucede actualmente. En el Perú vivimos en una cleptocracia que aplasta la libre empresa y lo aceptamos. Obviamente, nadie va a morir (aunque muchas personas mueren por la corrupción), pero es tan simple como cortar un ciclo. Comprendiendo los temores, más temor le tengo yo a seguir pagando cupo.

Así que, si queremos seguir repitiendo el ciclo de las encuestas, de las cifras ya conocidas, de las entrevistas con preguntas y respuestas repetitivas, del voto al menor, del “roba, pero hace obra”, de los mochasueldos o gobernadores con pedidos de prisión, no hagamos nada, sigamos paralizados en el miedo, la inacción y la complicidad. Total, el Perú ya esperó 200 años, puede perfectamente seguir esperando.