Hoy, ya no basta hablar de diferencias entre hombres y mujeres. La desigualdad debe entenderse como un entrelazado de género, clase y pobreza. Los estudios más recientes revelan que las brechas se profundizan donde hay privaciones, pero también emergen en los estratos más altos. Todas las mujeres están atravesadas por estas dinámicas, aunque con distintas cargas.
El Índice Regional de Brechas de Género, del Instituto Peruano de Economía (IPE), confirma que las regiones con mayor pobreza concentran también mayores desigualdades.
Teletrabajo, horarios escalonados o licencias parentales igualitarias podrían ayudar —señala el informe—, pero en la práctica, estas medidas casi no llegan a los sectores que más las necesitan.
El peso invisible del cuidado
Los resultados del estudio Young Lives, de la Universidad de Oxford, publicados en marzo del 2025 en el informe “Lightening the Load: New Evidence on the Impacts of Unpaid Care Work on Women and Girls”, revelan que las peruanas de 29 años llevan a cabo, en promedio, 4.5 horas más al día de Trabajo de Cuidado No Remunerado (TCNR) que los hombres. Hablamos de cocinar, limpiar, cuidar a otros. No es solo un dato: es un mecanismo de desigualdad silencioso. En hogares vulnerables, donde no hay cómo externalizar estas tareas, las mujeres cargan con todo.
A mediados del 2024, el INEI estimó que los hombres ganaban, en promedio, S/ 1,898 mensuales, mientras que las mujeres solo S/ 1,420. La brecha: 25 %. Y eso no varía mucho con el nivel educativo.
Cecilia Sánchez, experta en gestión de talento, lo resume así: “No todas las mujeres tienen acceso a universidades con prestigio. Y en este país, eso puede significar que ya entras con desventaja, incluso antes de empezar a trabajar”.
El castigo por ser madre
Tener hijos penaliza. Así de simple. Según un estudio de Princeton y LSE, el 40 % de las trabajadoras peruanas deja de hacerlo tras su primer hijo, y el 41 % sigue fuera del mercado laboral diez años después. Mientras tanto, la cuota masculina apenas se mueve.
Ese “castigo” por maternidad golpea con más fuerza a quienes menos pueden defenderse: mujeres sin redes, con empleos informales o salarios precarios. Para ellas, tener un hijo puede significar quedarse fuera del sistema por años. Pero esa penalidad también existe en los estratos medios y altos; se amortigua y disfraza con capital económico o redes de apoyo.
Donde se apagan las postulaciones
Según el portal Bumeran (2024), solo el 39 % de las postulaciones laborales corresponden a mujeres. Pero hay más: a medida que los puestos son de mayor jerarquía, las postulaciones femeninas caen a 28 %.
Dora Pinedo, de Bumeran, advierte: “En los cargos de liderazgo, la participación femenina cae en picada. Apenas una de cada tres se postula”.
Es más, las mujeres aspiran a sueldos más bajos. Así lo revela un reporte de Jobint de mayo del 2025, que estimó la brecha de las pretensiones salariales por género en el Perú en 6.90%. El informe estima además que la brecha promedio de los últimos cinco años en el Perú acumuló una diferencia de 10.51% en favor de los varones.
Es más, en los puestos sénior y de jefatura, las diferencias también son notorias. Si bien las pretensiones salariales en estos segmentos son mayores, la proporción del aumento es menor en las mujeres, según Jobint, lo que sugiere una menor expectativa de acceso a altos ingresos.
Igual salario ≠ igualdad
El Índice de Calidad del Empleo del Banco Mundial revela que el Perú tiene una de las brechas más altas de América Latina: muchas mujeres están atrapadas en empleos inestables, sin beneficios ni proyección. Es decir, tener un salario no es garantía de igualdad. Y esto, incluso fuera de la pobreza.
Las brechas están ahí, camufladas entre rutinas, prejuicios y estructuras que no cambian, incluso en la forma cómo se percibe el uso del lenguaje en quienes ejercen una posición de liderazgo empresarial. Luisa García, de LLYC, lo dice sin rodeos: “Cuando se evalúa a una mujer líder, no solo importa lo que dice, sino cómo lo dice. La vara nunca es justa. Siempre se mueve”.
Sánchez añade que en las empresas no se generan estas brechas con intención. “Que sean inconscientes no las hace menos reales. Hay que revisarlas”, agrega.
¿Existen diferencias reales de salario por género en cargos estratégicos? ¿Ganan lo mismo Mariela García en Ferreycorp, Janine Belmont en Yanbal o Rosa María Flores-Aráoz en Kallpa Generación frente a sus pares masculinos? “Las mujeres deben ganar lo mismo que los hombres en iguales posiciones”, concluye Sánchez. Nadie lo sabe con certeza. No hay datos públicos que permitan compararlo. Y eso, en sí mismo, ya dice mucho.
La verdadera equidad no se logra con discursos
La desigualdad de género no es solo un problema de las mujeres pobres. Atraviesa clases, sectores y ciudades. Pero donde hay pobreza, se ensaña.
Las mujeres en situación de vulnerabilidad enfrentan barreras brutales: trabajo no remunerado que nadie ve, maternidad que paraliza, informalidad que las traga.
Asimismo, las mujeres con educación o empleo formal tampoco están libres: hay techos invisibles, sesgos sutiles, castigos camuflados.
Las brechas no distinguen por nivel de ingresos. Lo que cambia es su profundidad. Y cualquier intento de igualdad que ignore esa diferencia será superficial.