La primera etapa de mi vida fui un trasgresor de todo tipo de normas; éticas y legales. No hubo consecuencias. Hubo impunidad como suele ocurrir con muchos de los actos cotidianos que ejecutamos.
¿Cuántas veces te pasas la luz roja? ¿Cuántas cedes el paso? ¿Has pagado una coima porque se te venció la revisión técnica y te atraparon? Desde luego estas interrogantes no se inmiscuyen en cuestiones más “excéntricas” como la contratación de abogados o gestores, la vinculación con la política o la ‘permisología’, etc. Y es que si la corrupción está en todos lados —o casi en todos salvando al BCR— es crucial mirar a su antídoto que no necesariamente es la “anticorrupción”.
Hace pocos días me preguntaron sobre si podía identificar cuál es el problema detrás de la corrupción, porque la corrupción no es en sí un problema, es solo un síntoma. Con algo de esfuerzo llegué a la conclusión de que lo que está detrás de todo esto es la incapacidad o debilidad humanas para autorregularse. No hay más. Por eso precisamente nacen las normas legales y las normas éticas y luego del derecho para intentar resolver las incertidumbres de las variadas relaciones humanas.
En un mundo ideal no serían necesarias las leyes, ni las fuerzas del orden e incluso los países. Algo así como la visión de John Lennon al escribir “Imagine”. Por el momento solo nos queda imaginar, desde luego.
A suerte de algún desavisado que se le ocurra derogar la maldad mediante una ley o presentar un proyecto para convertir en norma legal la ética, tenemos que empezar a mirar más allá y buscar el fondo de la cuestión. Por cierto, ya a alguien se le ocurrió normativizar la ética y por eso tenemos la fabulosa ley de ética pública (Ley N.° 27815) que, en nuestro contexto, suena a un chiste de mal gusto.
En las escuelas ya no se enseña educación cívica. En las universidades y posgrados la ética forma parte de la filosofía únicamente. En los directorios hay profesionales de todo corte, menos algún censor que te diga “recuerda que eres mortal… y por lo tanto la puedes embarrar”; el agregado es de este humilde servidor. La ética, la toma de consciencia sobre las consecuencias de nuestros actos, se ha vuelto contingente. Recién cuando existe el problema de reputación o el escándalo corporativo, nos damos cuenta de que lo es todo. Algo así como lo que ocurre con los abogados y los problemas legales.
A diferencia de lo que me sucedió hace casi diez años cuando hablaba de compliance, hoy casi esta es una palabra común. Sin embargo, tengo la impresión, se ha perdido en lo tristemente decorativo como una matriz de Excel que se toma en cuenta únicamente para la certificación. Las empresas tienen códigos de ética, pero resultan ser menos que decorativos porque no sabemos cómo “aterrizarlos”. Siendo así las cosas, ¿cómo podemos esperar que nuestro país no esté como está?
Llegamos entonces a la palabra sostenibilidad o a las tan famosas siglas de ESG y siento, desde el fondo de mi corazón, que nos estamos poniendo, otra vez, un concepto más, una barrera más. No tengo ninguna duda de que hay genuinos esfuerzos detrás de esto, no me tomen a mal. Simplemente considero que, a veces, hablar de ESG o sostenibilidad o compliance es como para decir “yo tengo mi reporte anual listo ah” o “ahí está mi matriz de riesgos”.
Cuando me inicié en la práctica de la meditación me frustré mucho. Pensaba que era tener la mente en blanco y solo podía hacerlo —con esfuerzo— por breves minutos. Al poco tiempo me entraba el recordatorio de pagar la luz u otro pendiente más, cuando no alguna idea genial que nunca llegué a desarrollar. Con el pasar del tiempo me di cuenta de que la meditación es estar acá, leyendo este artículo y prestándole atención si fuese interesante. En todo caso, es volver una y otra vez a empezar cada vez que te desvías en la concentración. Al menos para mí es eso y debo de reconocer que hoy me va mucho mejor con esta práctica o me frustro menos.
Volver al origen es algo que debemos recordar las personas. Volver a nuestro estado natural cuando no era necesaria tanta reglamentación o policía (y vaya que los policías terminan, a veces, siendo todo menos orden y control). Volver al origen es la verdadera sostenibilidad y el verdadero compliance. Esto se logra trabajando en el capital humano, en la persona que es el activo más indispensable. La cuestión es si pasaremos a la acción o nos quedamos en decir: “si, este tipo tiene un buen punto, pero naaaahh, sigamos con lo nuestro porque no hay tiempo que perder en cosas intangibles”. Pero son los intangibles los que han generado el avance de la humanidad. No fue ninguna matriz, ningún reporte, ninguna ley. Fue una idea, un principio o una causa justa. Nada más sostenible que eso. Doy fe.