Desde 2010, Lima Cómo Vamos (LCV) monitorea los cambios y desafíos de Lima y Callao con encuestas. En ese sentido, su más reciente reporte “Lima y Callao según sus habitantes” consolida un trabajo riguroso realizado a través de 1,140 encuestas efectivas aplicadas en diciembre del año pasado por Datum. Lo que llama la atención en este reporte es que las respuestas de los encuestados no solo revelan niveles de satisfacción sino también riesgo urbano, licencia social y gobernanza territorial.
La conclusión es que Lima/Callao no está colapsada, pero sí atrapada en una mediocridad persistente. Y eso, para una ciudad de más de 11 millones de personas, es un verdadero peligro. Sin embargo, Mariana Alegre, directora ejecutiva de Sistema Urbano, señala que existen diferencias significativas entre los ciudadanos de Lima y del Callao que habría que considerar para la gestión urbana y la toma de decisiones.
Una ciudad que asusta
El 78.3% de las personas se siente insegura viviendo en Lima/Callao. No es una percepción marginal ni un estado de ánimo pasajero. Es la condición base desde la cual se organiza la vida urbana.
«El 78% de las personas se siente insegura viviendo en Lima y Callao»
La inseguridad ciudadana no solo lidera el ranking de problemas urbanos: lo arrastra todo. El 75.2% la identifica como el principal problema de la ciudad, muy por encima del transporte público (39.8%) o la corrupción de funcionarios o servidores públicos (25.6%). Y cuando se pregunta directamente por la satisfacción con la seguridad ciudadana, el veredicto es demoledor: el 87.1% está insatisfecho. Apenas el 3.5% se declara satisfecho.
Esto no es miedo abstracto: el 76.1% menciona los robos callejeros como el problema que más afecta su zona; 30.4%, las extorsiones; 30.0%, los robos a negocios. La violencia dejó de ser noticia para convertirse en una rutina.
El resultado es una ciudad que vive en modo defensivo. El 50% de las personas dejó de ir a ciertos lugares por miedo; el 26.0% evita el transporte público en determinados horarios; el 10% ya considera mudarse. Lima no expulsa de golpe: va empujando lentamente hacia adentro, hacia la casa, hacia el encierro.
«El 50% de las personas dejó de ir a ciertos lugares por miedo»
Una ciudad que agota
Lima no solo asusta. Cansa. Porque moverse por la ciudad es una experiencia de desgaste diario: el 60.3% está insatisfecho con el transporte público. El sistema no conecta oportunidades; las erosiona. El tiempo perdido en traslados se acumula como un impuesto invisible que nadie legisla, pero todos pagan.
«Moverse por la ciudad es una experiencia de desgaste diario»
El deterioro del espacio urbano refuerza esa fatiga. El 56.7% está insatisfecho con el estado de las calles y plazas. Caminar no es una experiencia amable, es un ejercicio de cálculo: veredas rotas, cruces inseguros, espacios que no invitan a quedarse. No sorprende que el 36.4% también esté insatisfecho con la iluminación de calles, una infraestructura básica que define qué zonas son las que importan y cuáles son las que quedan fuera del radar.
La vivienda no compensa el esfuerzo: el 47.5% está insatisfecho con la oferta de viviendas dignas y solo el 14.8% se declara satisfecho. La ciudad crece, pero no se ordena; se expande sin resolver la ecuación básica entre ubicación, servicios y calidad de vida.
«El 48% está insatisfecho con la oferta de viviendas dignas»
El resultado es una ciudad funcional en lo mínimo, pero agotadora en lo cotidiano. Por eso, cuando se pregunta por la satisfacción general, solo 29.0% se declara satisfecho de vivir en Lima y Callao, mientras 37.9% está insatisfecho y 32.9% se queda en una neutralidad resignada. Lima no se odia. Se sobrelleva casi por tercios.
Una ciudad que se cierra
Cuando una ciudad asusta y agota, ocurre lo inevitable: se fragmenta. En principio, la ciudadanía defiende la idea de lo público. 71.5% sostiene que los espacios públicos deben ser de libre acceso. Y sin embargo, al bajar al territorio, la ciudad revela su contradicción: el 30.3% considera válido que los vecinos restrinjan calles o parques de su barrio; el 26.7% acepta que el acceso pueda cobrarse o limitarse.
«El 72% sostiene que los espacios públicos deben ser de libre acceso»
No es cinismo. Es adaptación. Cuando el Estado no garantiza seguridad ni orden, la ciudad se privatiza por goteo: rejas, tranqueras, vigilancia privada, horarios implícitos. La Lima abierta convive con la Lima amurallada.
La inseguridad acelera ese proceso, pero no lo explica todo. El cansancio urbano también empuja al repliegue. Menos uso del espacio público, menos vida comunitaria, menos confianza en el otro. La ciudad se vuelve un conjunto de trayectos funcionales: casa–trabajo–compras–casa. De hecho, 73.1% se moviliza por compras del hogar y 67.6% por trabajo; la ciudad del encuentro queda relegada a márgenes frágiles.
Así, Lima no colapsa. Se encoge socialmente, incluso mientras crece demográficamente.
Epílogo: una advertencia y no un lamento
El último reporte de LCV no describe una crisis puntual, sino una trayectoria de desgaste. Con tanta insatisfacción, el riesgo no es el estallido inmediato sino la normalización de una ciudad que ya no promete futuro.
Una ciudad que asusta reduce la vida pública.
Una ciudad que agota erosiona productividad y bienestar.
Una ciudad que se cierra pierde cohesión y confianza.