En las últimas dos décadas, el concepto “cambio climático” se convirtió en el refugio cómodo de los reportes y memorias de sostenibilidad. Ha sido una noción paraguas, lo suficientemente amplia para sonar responsable, pero también lo suficientemente vaga para no activar las alarmas en los comités de riesgos.
Sin embargo, mientras el lenguaje corporativo se ha mantenido estático, la realidad geofísica del Perú y del mundo se aceleraba. Hoy seguir hablando de “cambio” en lugar de “disrupción” o “caos” no es solo un error semántico; es una ceguera estratégica que hace peligrar la continuidad del negocio.
«Hoy seguir hablando de “cambio” en lugar de “disrupción” o “caos” no es solo un error semántico; es una ceguera estratégica que hace peligrar la continuidad del negocio»
La trampa de la gradualidad
El problema fundamental del término “cambio climático” es su connotación de gradualidad. Sugiere un proceso lineal al que las empresas pueden adaptarse con ajustes marginales en sus procesos. Pero para un gerente de operaciones en Piura enfrentando un fenómeno de El Niño sin precedentes, o para un agroexportador en Ica viendo cómo sus acuíferos se agotan, la palabra “cambio” se queda corta: porque hoy estamos ante una disrupción sistémica.
Cuando el lenguaje es blando, la respuesta corporativa es blanda. Y si la narrativa oficial de una empresa habla de “mitigación del cambio”, el Directorio tiende a aprobar presupuestos de responsabilidad social, en lugar de inversiones estructurales en resiliencia.
«El concepto “cambio climático” ha sido lo suficientemente vago para no activar las alarmas en los comités de riesgos»
El paso al término “caos climático” o “emergencia ecológica” no es un ejercicio de alarmismo sino realismo financiero. El caos implica impredecibilidad, volatilidad y ruptura de modelos estadísticos previos; justamente lo que estamos viviendo.
El lenguaje como activo estratégico
En el contexto peruano, la Superintendencia del Mercado de Valores (SMV) y el Ministerio del Ambiente (MINAM) han elevado la valla regulatoria mediante la Hoja de Ruta de Finanzas Verdes (HRFV). El hito más significativo es la implementación de la Taxonomía Nacional de Finanzas Verdes (Decreto Supremo N.° 007-2023-MINAM), una herramienta de clasificación que define con rigor científico qué actividades económicas son verdaderamente sostenibles.
Esta normativa obliga a las empresas a abandonar las declaraciones genéricas y alinearse con Criterios de Contribución Sustancial, transformando el lenguaje técnico en un requisito de cumplimiento.
«La palabra “cambio” se queda corta: porque hoy estamos ante una disrupción sistémica»
Por su parte, la Resolución de Superintendencia N.° 018-2020-SMV/02 y sus actualizaciones para el periodo 2024-2026 exigen que las sociedades con valores inscritos reporten bajo estándares de mayor transparencia. El uso de términos precisos como “riesgos de transición”, “ebullición global” o “límites de resiliencia” ya no es opcional; es la base para demostrar la materialidad climática ante inversionistas institucionales y la banca de desarrollo.
Un reporte alineado con la taxonomía sostenible peruana actúa como un activo de confianza: reduce la asimetría de información y optimiza el costo del capital. En contraste, el uso de jerga anticuada o adjetivos vacíos es hoy la principal “bandera roja” de greenwashing para los algoritmos de auditoría ESG y las IA de análisis financiero que dominan el mercado de capitales global.
El desafío de la adaptación local
El Perú es un laboratorio de la crisis global. No podemos permitirnos el lujo de importar narrativas europeas sin aterrizarlas. Nuestra comunicación debe ser explícita sobre la vulnerabilidad hídrica y la pérdida de biodiversidad, por ejemplo. Debemos dejar de hablar de “proteger el medio ambiente” —como si fuera un ente externo— para hablar de “regeneración de servicios ecosistémicos”.
La regeneración implica que ya no basta con no dañar; el daño acumulado es tal que el valor de la empresa ahora depende de su capacidad para restaurar el entorno que la sostiene. Esta es la verdadera gobernanza: entender que el liderazgo ambiental es, en el fondo, la defensa del patrimonio de los accionistas a largo plazo.
«El daño acumulado es tal que el valor de la empresa ahora depende de su capacidad para restaurar el entorno que la sostiene»
Liderar desde la palabra
El C-suite peruano tiene que liderar la transición hacia una narrativa de urgencia. Jubilar el término “cambio climático” es el primer paso para reconocer que las reglas del juego han mutado. Al adoptar el léxico del “caos climático”, las empresas peruanas no solo se alinean con la ciencia, sino que envían una señal clara al mercado: estamos preparados para lo impredecible.
Gestionar la sostenibilidad no es tratar de parecer los “buenos” sino trata de ser resilientes. Y la resiliencia comienza por llamar a las cosas por su nombre.