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Cada auto eléctrico vendido hoy es un pasivo tóxico mañana

La electromovilidad reduce las emisiones de carbono y mejora la calidad del aire. Buena noticia, pero hay una pregunta urgente: ¿qué pasará con las baterías cuando lleguen al final de su vida útil?

Fecha de publicación: septiembre 15, 2025

Tiempo de lectura: 3 minutos

En el Perú, la situación es doblemente preocupante. Aún no existe una política nacional de electromovilidad plenamente formalizada, aunque contamos con un reglamento para infraestructura de carga y algunos proyectos legislativos en curso. Y si ni siquiera tenemos una hoja de ruta integral para promover autos eléctricos, menos aún la tenemos para gestionar sus baterías. Estamos a tiempo de evitarlo, pero si no actuamos pronto, podríamos crear un nuevo pasivo ambiental mientras intentamos resolver el anterior.

Las ventas de vehículos 100% eléctricos en el país todavía son bajas en comparación con otros mercados, pero crecen rápido. Y cada vehículo que se vende hoy trae consigo una promesa y una advertencia: su batería, dentro de 8 a 10 años, se convertirá en un desecho de alto riesgo.

Las baterías de ion-litio no son residuos comunes. El litio reacciona violentamente con agua y oxígeno, el cobalto es tóxico en ciertas concentraciones, y el riesgo de incendios o explosiones es real si no se desactivan adecuadamente. Los procesos de reciclaje que existen —pirometalurgia, hidrometalurgia— son costosos, complejos y, hasta ahora, poco amigables con el ambiente.

En el Perú, la situación es crítica. No tenemos infraestructura para reciclaje, no existe un registro de baterías en uso o en desecho y no hay leyes que obliguen a fabricantes e importadores a hacerse cargo del ciclo completo.

El contraste con el mundo es abrumador. Europa y China ya exigen planes de reciclaje a los fabricantes. En Estados Unidos, Tesla y otras empresas trabajan en tecnologías capaces de recuperar hasta el 95% de los materiales críticos. Mientras tanto, en el Perú seguimos sin plan ni visión. Paradójicamente, tenemos reservas de litio en el sur andino, pero carecemos de capacidad para manejar siquiera nuestros propios residuos.

La otra cara del problema es la oportunidad. Una batería que ya no sirve para mover un auto todavía puede almacenar energía. En Chile, se discuten esquemas para reutilizarlas como respaldo de la energía solar del desierto de Atacama. En el Perú, podrían alimentar microrredes en comunidades amazónicas aisladas o servir como almacenamiento para proyectos solares rurales. Las posibilidades existen: lo que falta es visión, regulación e inversión.

La lección es clara: si vamos a electrificar el transporte, debemos preparar desde ya el día después. Una movilidad verdaderamente sostenible no termina cuando enchufas el auto, sino cuando sabes qué harás con su batería una década más tarde.

De lo contrario, estaremos cambiando una crisis por otra: reemplazaremos los gases contaminantes por un cementerio tóxico de baterías. Y ese, sin duda, es el elefante en el garaje del que nadie quiere hablar.